Franchino Mauro

Franchino Mauro

Mauro Franchino es un viticultor de otros tiempos, un artesano del vino reservado y apartado, desinteresado por las modas, los focos mediáticos y los consensos de la crítica. Su preocupación es hacer buen vino cada año, cultivando la vid y produciendo vino en Gattinara como se ha hecho siempre en el territorio. Por esto ha permanecido desconocido para el gran público, imponiéndose poco a poco como un referente para los apasionados del territorio del Norte de Piemonte y para los amantes del vino más exigentes, en busca de expresiones fuertemente territoriales.

El viticultor Mauro Franchino cultiva pequeños terrenos de viñedo en las subzonas Borelle, Guardia y Lurghe para un total de apenas 3 hectáreas de viñedo, todos rigurosamente cultivados con Nebbiolo. Se trata de viejas vides arraigadas en un terreno morénico a 450 metros de altitud, cuidadas con gran esmero y sabiduría campesina. La pequeña bodega se encuentra en el centro de Gattinara, dentro de un antiguo edificio. Aquí hay lugar para tradicionales cubas de cemento, una etiquetadora, una embotelladora semiautomática y, en dos habitaciones subterráneas, las viejas barricas de roble de 25 hl. Los procedimientos de vinificación prevén una maceración en las pieles que se prolonga hasta 20 días y largos envejecimientos en grandes barricas. Hoy Mauro está acompañado en su trabajo, que realiza desde que tenía 14 años, por su sobrino Alberti Raviciotti, a quien está transmitiendo todos sus secretos.

La producción es mínima y limitada, capaz de comunicar sin filtros las más sinceras peculiaridades del territorio. Los vinos de Mauro Franchino son sabrosos, minerales y de estilo tradicionalista; a veces reservados e introvertidos, dan lo mejor de sí después de años de afinamiento en botella. Nacen de un enfoque de total fidelidad y dedicación al territorio y se entregan lentamente con profundidad y paciencia, lejos de la exuberancia fogosa de estilo internacional. Representan hoy un emocionante regreso al pasado, que debe emprenderse e interpretarse no en clave nostálgica sino como un apasionado redescubrimiento de los sabores auténticos de la tradición. Sabores que pocos y buenos viticultores fuertemente arraigados a la tierra nunca han dejado de proponer, con el mismo duro y obstinado esfuerzo de un tiempo.  

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