Hoy la casa-destilería de Romano Levi se ha convertido en un museo, visitado por aficionados de todo el mundo, un museo sin embargo vivo y que sigue destilando de acuerdo con la tradición del Grappaiolo Angelico, con la ayuda de ese grupo de amigos “rezagados” respecto al mundo y que aún custodian celosamente las últimas grappas destiladas por el gran Amigo, que aún se dejan envejecer en barrica y en espera de poder hablar de su autor. Romano Levi era una persona sencilla, que, paradójicamente, no conocía la teoría de la destilación pero era resultado de este tipo de trabajo son unas grappas rudas, ardientes, “salvajes” como le gustaba definirlas al Maestro, algo que solo quien las ha probado puede intentar, si puede, describirlas. No se debe olvidar la inestimable ayuda y trabajo de su hermana Lidia, mujer cautelosa, silenciosa, de estilo mariano, que preparó durante toda su vida las botellas con las hierbas que ella misma recolectó y que hicieron famosa al humilde destilador ignaro.
Hoy la casa-destilería de Romano Levi se ha convertido en un museo, visitado por aficionados de todo el mundo, un museo sin embargo vivo y que sigue destilando de acuerdo con la tradición del Grappaiolo Angelico, con la ayuda de ese grupo de amigos “rezagados” respecto al mundo y que aún custodian celosamente las últimas grappas destiladas por el gran Amigo, que aún se dejan envejecer en barrica y en espera de poder hablar de su autor. Romano Levi era una persona sencilla, que, paradójicamente, no conocía la teoría de la destilación pero era capaz de captar, quizás más que nadie, el alma. Grappas de un equilibrio, aromaticidad y emociones simplemente extraordinarias.