La bodega Macea es una pequeña realidad agrícola incrustada en el Valle del Serchio, situada entre las suaves cadenas montañosas de los Alpes Apuanos y el Appennino Tosco-Emiliano. El nombre de la propiedad proviene de una localidad de Borgo a Mazzano, un pequeño pueblo situado en las altas colinas al norte de Lucca, casi en la frontera con Emilia, donde la familia Barsanti ha encontrado un equilibrio único con la naturaleza circundante y cultiva la tierra desde hace décadas con dedicación y pasión. En este pequeño territorio, literalmente arrancado de la montaña, caracterizado por fuertes pendientes y un clima riguroso e inhóspito, la familia cuida de un pequeño viñedo.
El padre Mauro fue el primero en creer en el potencial de este “lugar especial”, hasta el punto de crear su pequeño huerto y un pequeño viñedo para producir vino destinado al autoconsumo. Las uvas no son fáciles de cultivar, requieren tiempo para madurar y el clima no ayuda en absoluto. Tras la muerte del padre, Cipriano decide comenzar a comercializar el vino producido anteriormente por su padre. Así, funda la empresa agricola Macea en 2000 y planta poco más de una hectárea y media de Pinot Nero, Sauvignon y Pinot Grigio, entre las viejas hileras de más de 50 años de antigüedad que dan lugar a diversas variedades de uvas, algunas aún hoy desconocidas. Los terrenos vitícolas están organizados en dos colinas diferentes, con diferentes suelos: el primero, que alberga Sauvignon y Pinot Nero, es rico en galestro, mientras que el segundo, poblado por Pinot Grigio y otras vides, tiene una conformación rocosa y arenosa.
La idea en la que se basa la bodega Macea es salvaguardar las antiguas variedades locales y respetar la exuberante naturaleza local. En 2003 deciden seguir los dictados de la agricultura biodinámica, utilizando únicamente sus propias manos, sin el uso de medios mecánicos o tractores. También en la pequeña y “salvaje” bodega, el producto se cuida con un enfoque natural: la vinificación es espontánea, realizada por levaduras autóctonas, en ausencia de procesos invasivos, como filtraciones o adición masiva de sulfitos. Los resultados hablan claro: vinos sinceros y auténticos, que cuentan con una simplicidad genuina ese pequeño jardín natural de Toscana.