Eduardo Torres Acosta es el alma española del Etna que desde hace algunos años está positivamente y enérgicamente conmocionando y revolucionando el status quo de esta prestigiosa zona de producción. Con 33 años a sus espaldas, raíces familiares en la isla de Tenerife y un título en enología, se traslada de forma permanente a Sicilia, lleno de jóvenes y brillantes esperanzas. Tiene la oportunidad de enamorarse de esta hermosa tierra, adquiriendo experiencia primero con Arianna Occhipinti, un referente profesional y sentimental, y luego en Passopisciaro como enólogo.
El deseo de poseer algo personal en el que experimentar todo el know-how adquirido a lo largo del tiempo y donde demostrar al mundo entero y a sí mismo que finalmente ha aprendido a caminar solo crece, y así, desde 2014, Eduardo Torres Acosta comienza a vinificar individualmente las uvas provenientes de viejos arbustos en alquiler casi olvidados y que él ha redescubierto y valorizado. Las parcelas de viñedo, para un total de 2 hectáreas, están ubicadas en el flanco norte del Etna en las contradas de Pietramarina, Sciaranuova y Allegracore a diferentesaltitudes y en diferentes tipos de suelos sueltos formados por ceniza volcánica y ricos en piedras. Eduardo está fascinado por la biodiversidad y la sugestividad del paisaje vitivinícola que ha encontrado y transfiere de manera asombrosa en la copa final este amor incondicional.
El valor que más le importa a este joven viticultor es el cuidado maníaco de la tierra, que cultiva sin el uso de química, recurriendo solo a cobre y azufre entre las hileras y controlando la vigorosidad de la planta con podas invernales, convencido de que el microclima del volcán, seco y nunca demasiado húmedo, es ideal para el crecimiento sano y poderoso de las vides. Para Eduardo, el vino se hace absolutamente en el viñedo, pero la misma filosofía debe ser perseguida en la fase de vinificación: las intervenciones en bodega son reducidas a cero, el vino fermenta espontáneamente con solo levaduras indígenas, la adición de sulfitos es realmente mínima y el líquido se deja madurar en barricas de roble agotadas o en cemento, intocable durante varios meses antes del embotellado. El alma española de Eduardoestá ya transplantada en las laderas del Etna y parece querer reservarnos grandes sorpresas en el futuro cercano, que vale la pena probar, a pequeños sorbos.